Larra contra el gran hermano: Lecciones de sobrevivencia

“What you’re doing is wrong, wrong, wrong

Pressure, pressure, pressure, pressure…”

The clash – Pressure drop

 

Cuando un amigo descubrió que había una cámara de vigilancia en la esquina de su casa, decidió darse un tiro. La verdad es que no lo hizo, pero es una buena manera de empezar un escrito, así se llama la atención, espero ya no perderla. El propósito es que no quite los ojos de encima del papel, pero no olvide que mientras usted ve a este texto, se olvida que alguien le ve: un gran hermano que se mueve de distintas formas, cada quien carga con una de ellas: Foucault le decía el gran panóptico, Frodo lo vería como Mordor, el minero lo vería como el capataz, un hacker le llama policía cibernética, Miguel Hidalgo lo llamó virrey, Orwell lo denominó Gran Hermano, José de Larra lo llamó ley, etc. En todos los casos –quizá matizando el de Frodo– hay una lucha contra el poder de la autoridad.

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Ese dominio, por ejemplo, se manifiesta de muchas maneras, una de las más exquisitas es la censura, que en términos prácticos quiere decir: matar. No es que mi amigo se haya muerto de verdad, pero cuando vio una cámara en la esquina de su casa sintió que en él moría parte de su intimidad. Cada vez que se tacha algo muere, algo se pierde, perdemos la ropa y nos sentimos desprotegidos, nos da frío. Censurar es matar voces con silenciador.

En los tiempos de Mariano José de Larra, la censura se tenía que dar –como hoy– en los lugares donde hay palabras. En el siglo XIX el medio para gritar era el periódico, por eso había montones y nuestro periodista español se dedicó a escribir contra todo aquello que no le parecía –la monarquía, por ejemplo–. Un día el hacha cortalenguas le cae, se da cuenta de que lo soberano busca arrebatarle sus páginas. Quitar el velo a lo que quiere asesinar sin ser visto es complicado. Descubrir es importante porque permite mostrar al dedo que persigue, una vez aclarado este asunto, lo primordial es saber cómo dar respuesta. Larra voceó su persecución. Pero hay que ser listos para lograr desenmascarar al león, sino, se puede pasar de la censura del lápiz a la censura de la vida.

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Otra cosa: Los anarquistas se distinguieron en el siglo XIX –coinciden en tiempo y espacio con Larra– por ser pequeños duendes que multiplicaban la organización desestabilizadora. Han sido la parte marginada de la izquierda porque son los más incómodos, los más gritones (curioso, también los más acallados). Podría decir aquí que Larra es uno de estos seres, no porque en su pequeño ensayito diga: “¿Y qué hace usted?, me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan”. Al españolito yo le veo lo ácrata en su manera de dar respuesta, pues ser anarquista es tener imaginación, ser creativo para lanzar un contragolpe –por ejemplo: los anarquistas fueron los primeros en hacer teatro callejero con una finalidad política–. No obstante, se sabe que el muro es duro, por eso las reacciones van bien apuntadas y descubiertas, son un ariete cargado de sangre fría.

Las oportunidades de disparar son contadas, se tiene menos munición que el enemigo, por eso hay que saber usarlas, hay que estar obligados a pensar en el cómo decir las cosas, la necesidad de sobrevivir procrea inventiva. También se es satírico, descarado, sinvergüenza, granuja, pícaro… esos adjetivos que se llevan con ser un hombre listo y mal portado. Así se llama la atención del público, pues el mensaje es rápido, es un resfriado que avanzan de persona a persona, sólo hay que tocar el oído del otro con las adecuadas. Mientras tanto, el gran hermano se mueve lento, despacio, por encimita, apenas si remueve la tierra para tratar de encontrar algo porque tiene mucho campo que recorrer, llega al texto, lo encuentra con facilidad porque está muy propagado, apenas lo observa porque tiene el tiempo encima, lo ve, no le entiende, no tiene los días para detenerse a operarlo con delicadeza, encoge los hombros y sigue su camino. Algún día el descuido le costará caro.

El texto escrito por Larra sobrevivió hasta nuestros tiempos, subsistir al ojo que todo lo mira no es poca cosa, prevalecer como una crítica actual contra los nuevos modos del poder, es la pequeña experiencia que revolotea en ecos. Ese ensayito me hace pensar en lo que necesitamos ahora. Frente a la censura de la televisión y el radio –que empieza por una exclusión económica–, ¿qué maneras tenemos de brincar los escudos de policías que no dejan ver? No es que ya no haya intentos por enmudecer al disidente, pero sí se transformó la manera de hacerlo, evolucionó a otras formas y ahora nos quitan vídeos de internet, comentarios de las redes sociales y películas de la red. El poder de cortar cabezas se ha movido, usa los mismos viejos trucos pero en otros lados. Entonces, deberíamos preguntarnos: ¿No será que necesitamos nuevos a los anarquistas? ¿Qué necesitamos aprender de esos viejos utopistas para perdurar? Después de todo, ellos lograron romper el cerco. Si no fueron borrados de la historia, es porque no callaron.

Mi amigo no se mató, quiero que eso quede claro, pero le aventó piedras a la cámara, a otra le pintó con aerosol el lente para cubrirla y ahora vive feliz –pasará mucho tiempo antes de que la arreglen–, mientras él espera a que sea reparada para volver a destruirla le recomendé leer: Lo que no se puede decir, no se debe decir.

 

Éber Josué Carreón Huitzil

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