El hombre que no puede elegir ha perdido la condición humana

 

Recuerdo que hace como quince años había un mural de Bob Marley en una avenida cerca de mi casa. Lo recuerdo bien porque es la pintura más impresionante que he visto: si la veías de cerca no era más que un conjunto de manchones con pintura en aerosol al más sucio estilo impresionista, pero si lo mirabas desde cierta distancia, Bob parecía cobrar auténtica vida y no era difícil imaginarlo cantando. Ese mural permaneció en su pared unos cuatro años hasta que, totalmente envejecido, se descascaró, pero en todos los años que la pintura estuvo ahí nadie se atrevió a pisarla.

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(Un aproximado burdo de lo que recuerdo tan bien en mi corazón)

Poco después pintaron la pared de blanco y volvieron a poner otras piezas que solamente son grises en mi memoria, nunca fueron iguales ni permanecieron tanto tiempo. Ahora esa pared es naranja y tiene un letrero que dice “prohibido anunciar”.

No sé qué es lo que está pasando, pero aquí en la Ciudad de México cada día me encuentro con más y más personas que sienten que en la Roma y en la Condesa hay portales que los llevan directamente a las calles de Nueva York y Londres, sienten que ya andan en París por estar frente a los palacios del Centro Histórico o bien en Roma porque la Alameda tiene fuentecitas nuevas, muchas veces he escuchado que lo único que les recuerda que están en México son los graffitis y las pintas que afean las paredes y francamente nada podría hacerme sentir más orgulloso, porque es gracias a gente como yo que los demás no olvidan en dónde están y cuál su situación real, porque nuestras pintas no les dejan olvidar una verdad innegable: la ciudad también es horrenda.

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Somos parte del monstruo de millones de cabezas cuya verdadera riqueza no se puede encontrar sólo en sus caras bonitas, pues la belleza más grande está en su aplastante diversidad y en los contrastes que ofrece. Así el graffiti, omnipresente, cumple una función social importantísima pues no sólo nos recuerda que así como hay lujosas avenidas llenas de monumentos, también hay ríos convertidos en canales de aguas negras; que hay lugares en los que el gobierno ha emprendido políticas de recuperación urbana y también hay barrios en donde los vecinos ponen una Virgencita en cada esquina para que la gente deje de tirar la basura en la calle; que se pueden ver construcciones de vanguardia y visitar sitios arqueológicos en un mismo día. El chiste es lograr fundir estos mundos contrarios en uno solo.

En efecto, la ciudad está llena de graffiti, todo mundo lo sabe, y muchos se quejan constantemente porque afean la ciudad, son una ofensa a la vista, señales de vagos, de bandas y que dañan la propiedad privada. Claro, yo comprendo su punto de vista, que no les guste la estética y que defiendan su propiedad, es natural. Lo que no logro entender es cómo hay gente prefiere la infertilidad de una pared lisa, de color naranja o blanco o el que sea, solamente pido que también me entiendan si yo no quiero ver una pared muerta y si el precio para darle vida es la ilegalidad, yo y muchos más estamos dispuestos a pagarlo.

 

Urbano Rayón

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